Blog Católico de Javier Olivares, jubilado
Tengo que decir que me encontré con los Cuentos y Fábulas, Mitos
y Leyendas de El Mundo de Los Niños.
Cuando era ya mayorcito lo encontré en alguna biblioteca y me
gustaban los cuentos de los niños.
Todos llevamos un niño dentro de nosotros, y aquellos que no lo
lleven les faltará imaginación para tener bellos sueños por la noche.
Yo lo creo así. Por eso al encontrar este blog, se me ocurre que
pondré de vez en cuando un Cuento de niños, para que los mayores disfruten, si
tienen alma de niños, de la relectura de estos cuentos. Ahí va este ejemplo.
Que los disfrutes
Franja.

El vuelo de Icaro
By Manuel on 4-24-2014 in 2
- Cuentos y Fábulas, Mitos y
leyendas
por Sally Benson
Hace mucho tiempo vivía en Grecia un famoso inventor. Su nombre
era Dédalo. En cierta ocasión, se hallaba visitando con su hijo la isla de
Creta, pero el rey Minos, gobernador de la isla, se enfadó con él, y ordenó que
lo encerraran en una torre muy alta frente al mar.

Después de un tiempo, y con ayuda de su hijo Icaro, Dédalo
consiguió escapar de la celda donde estaba prisionero; entonces, vio que no
podía salir de la isla, pues la guardia del rey vigilaba cuidadosamente todos
los barcos que salían hacia otros lugares y era difícil esconderse en alguno de
ellos para huir.
Sin embargo, Dédalo no se desanimó por esta dificultad.
—Minos puede dominar el mar y la tierra —se decía—, pero no
domina el aire. Probaré este medio.
En su escondite del acantilado habló con Icaro y le dijo que
reuniera todas las plumas que pudiera encontrar en la costa rocosa. Como sobre
la isla volaban miles de gaviotas, rápidamente logró juntar un enorme montón de
plumas desprendidas de las aves. Entonces, Dédalo derritió cera para fabricar
un esqueleto en forma de alas de pájaro. Las plumas pequeñas las pegó con cera
y las grandes las ató con una cuerda. Icaro jugaba felizmente en la playa
mientras su padre trabajaba; perseguía las plumas que el aire se llevaba, y a
veces cogía trozos de cera y modelaba variadas figuras con sus dedos.
Era divertido hacer las alas. Las plumas brillaban al sol
mientras la brisa las rizaba. Cuando hubo terminado su ingenioso invento,
Dédalo se las ató a los hombros y se elevó del suelo aprovechando una ráfaga de
viento. Al ver que daba resultado, construyó otro par de alas para su hijo.
Eran más pequeñas que las suyas, pero fuertes y muy hermosas.
Finalmente, un día luminoso en que azotaba el viento, Dédalo ató
las alas pequeñas a los hombros de Icaro para enseñarle a volar. Le hizo
observar los movimientos de los pájaros, cómo volaban y se deslizaban sobre sus
cabezas. Le señalaba el gracioso y bonito movimiento de las alas que batían
suavemente el aire. Icaro comprendió en seguida que él también podía volar, y
subiendo y bajando los brazos se levantó sobre la fina arena de la playa e
incluso sobre las olas, dejando que sus pies tocaran la blanca espuma que se
formaba al romper el agua contra las afiladas rocas.
Dédalo lo miraba con orgullo, y también con recelo; llamó a
Icaro para que volviera a su lado y, poniendo el brazo sobre sus hombros, le
dijo:

—Icaro, hijo mío, estamos a punto de emprender nuestro vuelo.
Ningún ser humano ha ido antes por el aire, y quiero que oigas atentamente mis
instrucciones: vuela a poca altura, pero ten en cuenta que si lo haces muy
bajo, la niebla y la humedad mojarán tus alas, y si vuelas muy alto, el calor
del sol fundirá la cera con que están formadas. Vuela sin separarte de mí y
estarás a salvo.
Sujetó las alas fuertemente a la espalda de su hijo y le dio un
beso. Icaro, de pie bajo el sol brillante, con las alas que le caían
graciosamente de los hombros, el peló dorado y su mirada húmeda por la emoción,
parecía un extraño y hermoso pájaro. Los ojos de Dédalo se llenaron de lágrimas
y, dando la vuelta, se lanzó al aire al mismo tiempo que decía a Icaro que le
siguiera. De vez en cuando, volvía la cabeza para asegurarse de que el niño
estaba bien y sabía agitar las alas. Mientras pasaban sobre la tierra, antes de
sobrevolar el mar removido, los campesinos se detenían a mirarlos y los
pastores creían que se trataba de dos dioses.
Padre e hijo volaron largo tiempo y dejaron lejos las ciudades
de Samos, Délos y Lebintos.

A Icaro, que movía alegremente las alas, le emocionaba la sensación
fresca del viento que golpeaba su cara y acariciaba su cuerpo. Volaba cada vez
más alto, hasta que llegó a las nubes. Su padre, al ver que subía demasiado, trató de seguirle, pero su cuerpo era
más pesado y no pudo alcanzarle. Icaro penetraba en las blandas nubes y volvía
a salir. Le encantaba verse libre en el aire y, batiendo las alas con frenesí,
subía más y más.

Pero el sol que le miraba fijamente, reblandecía con sus
ardientes rayos la cera de sus alas; las plumas más pequeñas se soltaban y caían
balanceándose lentamente, como para avisar a ícaro de que detuviera su loca
subida. Sin embargo, Icaro seguía entusiasmado su vuelo; cuando se dio cuenta
del peligro que le acechaba, el sol había calentado tanto las alas que las
plumas más grandes también comenzaron a caer y él empezó a bajar como una
flecha.
En aquel momento llamó a su padre pidiéndole ayuda, pero su voz
se hundía en las aguas azules del mar, que desde entonces lleva su nombre.
Dédalo, lleno de ansiedad, le llamaba:
—¡Icaro, Icaro! ¡Hijo mío! ¿Dónde estás?

Por fin, vio las plumas que flotaban en el cielo y a su hijo que
iba a estrellarse contra el mar. Dédalo se apresuró a salvarle, pero ya era
tarde. Recogió al niño en sus brazos y fue volando hacia tierra, rozando con la
punta de las alas el agua, por el doble peso que llevaban. Llorando
desconsoladamente, enterró a su hijo y dio el nombre de Icaria a aquella tierra
en recuerdo suyo.
Después, con ágil vuelo se lanzó otra vez al aire, pero sin el
contento anterior; esta vez, su victoria sobre el aire era triste. Llegó sano y
salvo a Sicilia, donde construyó un templo a Apolo y colgó en él sus alas como
ofrenda.